La ruta para no caer en el abismo de la crisis familiar comienza cuando hacemos pequeños ajustes en nuestra forma de pensar y de actuar, lo que a la postre se reflejará en cambios positivos y duraderos.

El propósito de transformación de nuestra vida, que incluye imprimir ajustes en la relación con el cónyuge y con los hijos, constituye un viaje maravilloso en el que debemos sumar dos ingredientes: la disposición de cambio y la dependencia de Dios para lograrlo.

El apóstol Pablo enseña que las transformaciones que requerimos son posibles por el poder divino:

«Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.» (2 Corintios 3: 18 | RV 60)

Optar por cambiar es el único camino para evitar lo que ocurre hoy día con infinidad de matrimonios: terminan en divorcio.

Es necesario prestar atención a las señales de alarma que se encienden cuando las cosas no van por buen camino. ¿Sabía que antes que se produjera la tragedia del Titanic en la noche del 14 al 15 de abril de 1912, el capitán recibió por lo menos seis advertencias acerca del peligro que enfrentaban?

Todas convergían en tres direcciones:

  • Debían bajar la velocidad del trasatlántico.
  • Era importante modificar el curso que hasta el momento llevaban.
  • Lo aconsejable era tomar la ruta hacia el sur para evadir los enormes témpanos de hielo que había por todas partes.

Sin embargo, el avezado marinero pasó por alto las advertencias y se reafirmó en el convencimiento de que el barco era insumergible, como aseguraban los ingenieros constructores.

El resultado fue un auténtico desastre que cobró la vida de 1517 personas.

Igual ocurre con nuestra vida familiar. Si ignoramos las evidencias de que algo está pasando, lo más probable es que terminaremos en el hundimiento definitivo o, en el mejor de los casos, en un naufragio de impredecibles consecuencias.

La ruta para no caer en el abismo comienza cuando hacemos pequeños ajustes en nuestra forma de pensar y de actuar, los que a la postre se reflejarán en cambios positivos y duraderos.

Pero antes de emprender ese sendero, es fundamental que haga un alto en el camino y se auto evalúe en todas las áreas de su desenvolvimiento: personal y familiar. Preste atención a lo que está ocurriendo. Podrá ser transformando, no en sus fuerzas, sino con el poder de Dios, como dice el apóstol Pablo:

“De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2 Corintios 5: 17 | RV 60)

Ahora permítanme citar al afamado autor en temas de matrimonio, Gary Smaley, quien escribió:

“Para que el amor dure para siempre, usted debe estar enamorado de la vida. Aprenda a amar la vida y luego tendrá los recursos para dar y recibir amor. Cambie el curso de su vida. Evite el desastre. Y disfrute de su vida y del amor, juntos. Será una larga y gratificante travesía. Aun pequeños cambios en su conducta pueden llevarle a cambios mayores en su vida. No importa su pasado o el dolor que haya experimentado. Usted puede y debe amar la vida.”

En pocas palabras, no hay pretexto para desarrollar el proceso de transformación interior y de nuestra existencia, con ayuda de Dios.

ASUMA SU CUOTA DE RESPONSABILIDAD

Ahora avance hacia un aspecto relevante: usted y yo debemos asumir nuestra cuota de responsabilidad por lo que hacemos.

  • Somos responsables por nuestra calidad de vida.
  • Con ayuda de Dios podemos emprender el maravilloso viaje hacia el cambio personal, espiritual y familiar.

La felicidad material y emocional está en nuestras manos. No depende del cónyuge.  De hecho, jamás debería depender de nuestro esposo o esposa.

Lo planteamos así porque, generalmente, si las cosas no salen como esperábamos, procuramos encontrar culpables. En medio de la frustración no admitimos que somos usted y yo quienes permitimos que otras personas, en este caso el cónyuge, nos roben la felicidad y la paz interior. Igual con las circunstancias.

En ese orden de ideas, también resulta inútil pretender cambiar a la persona que consideramos, es la causante de nuestra infelicidad. En ese propósito, difícilmente obtendremos buenos resultados.

Alrededor del tema la autora y conferencista, Harriet Goldhor Lerner, anota:

“Si centramos nuestra atención en ajustar la vida de alguien para poder encontrar la felicidad, estamos fallando en ejercer el único poder que tenemos para enriquecer nuestra propia vida: el poder de decidir por nosotros mismos.”

En esencia:

  • No podemos cambiar a nadie.
  • Solo podemos decidir cambiar nosotros.
  • Quienes nos rodean, son impactados por nuestros propios cambios.

Ahora, ¿por qué ocurre todo esto? Porque cada individuo es un mundo aparte. Recuerde lo que escribe el profeta Jeremías:

«Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jeremías 17: 9 | RV 60)

¿Qué hacer entonces si deseo que mi cónyuge experimente cambios? Ore por su esposo o esposa. Es más, clame por sus hijos. Es valioso llevar a su familia al trono de gracia de Dios. Él sí puede hacer lo que para usted es imposible.

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© Fernando Alexis Jiménez | Ministerios Vida Familiar | #RadioVidaFamiliar


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