El manejo apropiado de las emociones, el no permitir que nos controlen, sino controlarlas y canalizarlas y particularmente la energía que producen, hace posible que ejerzamos una influencia transformadora con otras personas.

Para muchas personas las jornadas diarias resultan agotadoras. El peso de las responsabilidades sumado a las emociones que potencian el agotamiento, lleva a muchas personas literalmente a fundirse. En otras palabras, no dan más.

A menos que aprendamos a gestionar las situaciones diarias y, por supuesto, las emociones, muy pronto nos encontraremos incapacitados para dar nuevos pasos hacia la conquista de nuestros sueños y metas.

En ese orden de ideas nos asaltan dos interrogantes:

  • ¿Se siente en disposición para adaptarse a las condiciones, aún las más difíciles, que está enfrentando actualmente?
  • ¿Se inclina a desahogar la situación que vive volcando su rabia y frustraciones hacia los demás, fruto de no agenciar apropiadamente sus emociones?

En su condición de líder, inicialmente en el ámbito familiar, de una comunidad de creyentes y de la sociedad, usted es responsable por el gestionamiento de las emociones.

El paso esencial es hacer un alto en el camino y evaluarnos. ¿Por qué motivo? Porque trabajar sin cesar en diversas actividades, que incluyen el liderazgo, genera desgaste de grandes cantidades de energía emocional y mental que es necesario reponer para no consumirnos.

¿Cómo nos damos cuenta de que estamos a punto de fundirnos? La primera señal de alarma son nuestros estados de ánimo. Son como suiches que disparan reacciones, a veces perjudiciales para nosotros y las personas con las que interactuamos. Si no imprimimos cambios, la situación tiende a permanecer en el tiempo y, por supuesto, es altamente perjudicial.

La buena noticia con las emociones descontroladas es que, tomando conciencia de la situación, podemos regularlas y, llegado el caso, modificarlas. No en nuestras fuerzas, sino en el poder de Dios. Él sana y transforma nuestro mundo interior.

“¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí; entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión. Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti…” (Salmo 19: 12-14 | RV 60)

Numerosos líderes cristianos que han comenzado a mejorar su situación emocional, tras evaluarse e imprimir cambios a su forma de reaccionar, descubren con ayuda de Dios y perseverancia, mecanismos para canalizar la energía emocional, incluso aquellas emociones que desatan circunstancias difíciles en la cotidianidad.

El científico y genio contemporáneo, Albert Einstein, solía repetir que un problema no se puede resolver con la misma clase de inteligencia que los produjo.

Cuando nos disponemos para el cambio y perseveramos, lo logramos. Las emociones no son nuestras enemigas. Si hacemos una adecuada utilización de ellas, cada día avanzaremos, generando una poderosa influencia en la familia, así como en el entorno en el que nos desenvolvemos.

En ese mismo camino, es esencial que conforme demos pasos hacia la transformación, asumamos principios y valores y tengamos pleno convencimiento del por qué y para qué debemos hacer acopio de ellos en nuestro diario vivir.

ENFRENTANDO LOS GRANDES DESAFÍOS

La vida encierra grandes desafíos. Salen al paso cuando menos lo esperamos. ¿Cómo responden en tales casos nuestras emociones? Es fundamental que tomemos el asunto en serio, con un cuidadoso autoanálisis, que no debe ser de un día, sino permanente. Hacerlo ayuda a identificar fortalezas y debilidades. Nos permitirá mejorar.

El autor y especialistas en temas de Inteligencia Emocional, Ayman Sawaf, anota lo siguiente:

“Cuando usted se ve frente a un reto o una crítica, su sistema nervioso lo percibe rápidamente por medio del filtro sensorial de sus niveles de energía y tensión. Miles de veces al día puede encontrarse con situaciones que ameritan la utilización de nuestros recursos mentales, emocionales, físicos, para resolver situaciones en apariencia conflictivas. En cada caso es necesaria una evaluación momentánea, a veces inconsciente, de lo que debe hacer en relación con la situación que se le presenta.”

Reviste importancia desarrollar la energía y flexibilidad para encontrar las soluciones apropiadas, que –insistimos—van de la mano con el manejo de las emociones.

Tener control de las emociones lleva al desarrollo de nuevas capacidades que han estado dentro de nosotros, dormidas. Nos lleva a ser más eficaces, influyentes y productivos, aun cuando nos encontremos bajo una fuerte presión.

Este nivel se alcanza tanto en la dimensión personal como familiar. En ese punto no perdemos en absoluto la creatividad, energía, intuición, capacidad de diálogo y de análisis, por supuesto.

Le animamos a leer cuidadosamente lo que enseña el apóstol Pablo en su carta a los creyentes de Filipos:

“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.  Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.” (Filipenses 4:6-8 | RV 60)

¿Se da cuenta? La Inteligencia Emocional no es algo nuevo. Siempre ha estado ahí y Dios nos ha brindado en las Escrituras abundantes enseñanzas sobre su aplicabilidad.

El manejo apropiado de las emociones, el no permitir que nos controlen, sino controlarlas y canalizarlas y particularmente la energía que producen, hace posible que ejerzamos una influencia transformadora con otras personas.

Le animo a recordar lo que, también, comparte el apóstol Pablo:

“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” (Gálatas 5: 22, 23 | RV 60)

¿Tomó nota del término templanza en el texto? Permítame aclarar algo: En la mitología griega, Sofrosina (Sophrosine o Sophrosyne, del griego σωφροσύνη) era la personificación de la moderación, la discreción y el autocontrol. Su equivalente romano era Sobrietas (sobriedad).

Ahora, en el griego—idioma en el que se escribió este pasaje–, el concepto es bien interesante. Templanza (gr. enkráteia, “dominio propio”; enkratéuomai, “ejercer dominio propio”; enkrates, “que tiene dominio propio”; sofrí‡n, “prudente” o “que tiene dominio propio”). Término, más bien arcaico, que aparece en la versión Reina Valera de la Biblia, con el sentido de “temperancia”, “dominio propio” y “que tiene dominio propio”.

El dominio propio es una de las grandes virtudes cristianas (Gálatas 5:23; 2 Pedro 1:6). Es esencial para lograr la victoria en la carrera cristiana, como lo es en una competencia atlética (1 Corintios 9:25).

Antes de concluir, permítanos enfatizar en algo: No son los estímulos externos los que desencadenan reacciones en nuestro ser. Quien produce esa reacción, es la persona misma. ¿Por qué motivo? Por la forma como percibe la información, la procesa y reacciona. En ese orden de ideas, no podemos culpabilizar a los demás por la forma como reaccionamos.

La próxima vez, antes de permitir que las emociones lo desborden, piénselo con detenimiento. Nadie más que usted es el responsable…


© Fernando Alexis Jiménez | Ministerios Vida Familiar | #RadioBendiciones


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