Dios nos concibió con emociones. Las emociones no son buenas ni malas en sí mismas. Lo fundamental es que aprendamos a gestionarlas para que no nos dominen de tal manera que nos lleven a incurrir en equívocos.

En la vida humana, en nuestro quehacer diario, hay mucho más de lo que hemos aprendido hasta hoy y que se ha convertido, en la sumatoria, en paradigmas que entran a formar parte de nuestra forma de pensar y de actuar. Aun cuando se trate de algo muy común, de las cosas pequeñas podemos aprender mucho.

Podemos asegurar que enriquece nuestra existencia. Todo a partir de experiencias que nos permiten crecer. Es parte de nuestra naturaleza humana con la que fuimos concebidos por Dios:

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra…  Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.” (Génesis 1:26; 2: 7 | RV 60)

Somos una creación maravillosa del Señor, con ideas, creatividad, capacidad de tomar decisiones y las condiciones para relacionarse con otras personas.

“Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.” (Génesis 2: 18 | RV 60)

Con todo y que tengamos amplia formación académica, solidez económica, reconocimiento social y otros elementos en los cuales muchas personas cifran sus esperanzas para alcanzar la felicidad, desconocemos que el éxito solo toma como ingrediente el 4% del cociente intelectual (CI), mientras que el restante 96% lo constituyen otros factores, entre ellos, una adecuada gestión de nuestras emociones.

No de otra manera se explican comportamientos asociados a las relaciones interpersonales:

  • Recelos y desconfianza
  • Odio
  • Orgullo
  • Prejuicios hacia los demás
  • Temor
  • Ansiedad
  • Sensación de estancamiento

De hecho, científicamente está probado que el género humano solo utiliza una mínima parte de su capacidad intelectual, la que le ayudaría adecuadamente equilibrada a tener una mejor calidad de vida y que fue con la que Dios nos creó:

“Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; más para Adán no se halló ayuda idónea para él.” (Génesis 2: 19, 20 | RV 6)

Permítanos enfatizar en que, tanto usted como yo, somos la creación maravillosa de Dios, con todas las potencialidades para alcanzar grandes sueños y metas.

Sin embargo, todo apunta a indicar que solamente utilizamos el 10% de la inteligencia durante el tránsito terrenal.

El psicólogo estadounidense, Yan Robert Sternberg, escribe:

“Las personas todavía dan una importancia relevante al Cociente Intelectual (CI), pero el Ci no cuenta como lo más grande, aunque tiene significado, por supuesto. Nunca debemos perder de vista el hecho de que lo que más importa en el mundo es la inteligencia interior. ¿Adónde pues volver los ojos? A la inteligencia emocional.”

Una vez se desarrolla, la inteligencia emocional abre puertas gigantescas; si no se desarrolla, levanta enormes barreras también gigantescas que nos aprisionan, incluso en el campo de la fe. Por ese motivo, ponemos obstáculos a la ocurrencia de milagros.

NO DESESTIME EL PODER TRANSFORMADOR DE LAS EMOCIONES

Si las emociones juegan un papel importante en el desenvolvimiento cotidiano, no podemos desestimarlas; por el contrario, con ayuda de Dios, el gran desafío es aprender a gestionarlas, a nuestro favor.

La decisión de experimentar el crecimiento está en nuestras manos. El Señor Jesucristo nos ayuda en todo el proceso.

En esa dirección, al Cociente Intelectual (CI) debemos sumar las emociones bajo equilibrio. Cuando lo hacemos, afectamos positivamente la motivación para dar pasos sólidos hacia la materialización de sueños y metas y, por supuesto, en las personas de nuestro entorno.

Alrededor del tema, el apóstol Pablo escribió:

«Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.» (Romanos 12: 18 | RV 60)

Insistimos en que no basta con todo el conocimiento que hayamos podido asimilar.  Lo verdaderamente significativo es lo que somos.

  • Ser conscientes de que fuimos creados por Dios con un propósito.
  • Depositar nuestra confianza en Dios, quien nos enseña y ayuda a superar las dificultades.
  • Tener muy claras las metas que deseamos alcanzar.
  • Tener definido que avanzamos con el poder de Dios y el apoyo de otras personas.

Ser es mucho más poderoso e influyente que parecer.

En la Palabra leemos la apreciación de nuestro amado Dios y Salvador Jesucristo:

“Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.  Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve. Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño. Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel. Respondió Jesús y le dijo: ¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que estas verás.” (Juan 1: 45-50)

¡Es hora de comenzar a desarrollar las potencialidades de triunfadores con las que fuimos concebidos por Dios!

Las emociones constituyen una fuerza dinamizadora, que motiva, alienta y sienta las bases para que perseveremos en sueños y proyectos de vida.

Ahora, ¿cómo influyen las emociones apropiadamente gestionadas en nuestro mundo interior’ ¿Cómo aplican al ejercicio del liderazgo cristiano eficaz y eficiente? La respuesta es sencilla: de manera significativa porque contribuye decididamente a generar cambios en nuestra forma de pensar y de actuar.

¿Qué se dice generalmente en nuestra sociedad  acerca de los líderes que tienen en cuenta sus emociones?

  • Que las emociones son una señal de debilidad.
  • Que las emociones no deberían tener espacio en el ejercicio del liderazgo.
  • Que generan confusión.
  • Que es imperativo evitar personas emotivas y un lenguaje con una alta carga de emotividad.
  • Las emociones son una puerta a la vulnerabilidad en todas las áreas.
  • Las emociones socavan la autoridad.
  • Las emociones conflictúan la planificación de metas y proyectos.

Ahora, la otra cara de la moneda es, ¿cómo nos benefician las emociones bajo un adecuado equilibrio?

  • Permiten alcanzar un buen nivel de fortaleza.
  • Permiten desarrollar un lenguaje emotivo y motivador.
  • Generan motivación.
  • Potencian valores éticos.
  • Estimulan la creatividad y la innovación.
  • Permiten ejercer influencia transformadora en las demás personas, sin acudir al autoritarismo.

El autor Robert K. Cooper, advierte lo siguiente:

“En el estilo rápidamente cambiante de hoy, se necesita la combinación del intelecto con el cociente emocional (CE), especialmente en lo concerniente a confiar en los demás y formar equipos cuya misión es resolver problemas y aprovechar las oportunidades en las diferentes organizaciones humanas.”

Cuando damos cabida a la Inteligencia Emocional en el liderazgo, transferimos fe, convicción, motivación y ánimo, entre otros. Le animamos a repasar lo aprendido hoy, porque sin duda le ayudará a experimentar crecimiento en su vida personal, espiritual, familiar y, por supuesto, en el ejercicio del liderazgo cristiano.


(c) Fernando Alexis Jiménez | Ministerios Vida Familiar | #RevistaVidaFamiliar


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